Por el Dr. José Antonio Delgado. Theresa se sumó a los paramilitares en contra de su voluntad. Me llamó con lágrimas en sus palabras y angustia en el tono de su voz. Me sorprendió el motivo de su llamada: «Doctor, estoy desesperada, ya no sé qué hacer, no aguanto la presión en mi trabajo, mi jefa la tengo encima, me obliga a darle like a publicaciones del gobierno y sigo varias páginas sandinistas porque sino me corren. Puedo lidiar con eso, pero la semana pasada me dijo que este mes de abril el 1ro debo ir a marchar y a mediados es posible que de nuevo vaya al campamento», culminó de decirme Theresa antes de llorar a través de la conexión de celular.
El alistamiento
Mayo del 2024 durante tres días Theresa, de 27 años, se alistó para su preparación como miembro del ejército de los paramilitares. Ella no sabe nada de armas, ni de estar en la guerra. Le tiene miedo a la oscuridad, los alacranes, los rayos y los truenos durante la lluvia.
La ubicación del campamento fue en San Gregorio, Carazo. El lugar parecía terreno abandonado. Una casa vieja servía de puesto de mando y al mismo tiempo de cocina. Los dividieron en pelotones y escuadras. Un total de ciento cincuenta personas. Trabajadores de Carazo de las alcaldías, de todos los municipios, del Ministerio de Educación, Inatec y resto de instituciones estatales.
Al estar formados se les dio las orientaciones, dónde dormirían, donde harían sus necesidades fisiológicas, les dijeron que tendrían que hacer “posta” , es decir, que durante la noche cada escuadra haría dos horas de “vigilancia cuidando el objetivo”.
Estaban armados de palos de madera en lugar de fusiles, les dieron hamacas, plástico negro para hacer “champas”, arroz, avena, azúcar y café. Integrantes de la policía sandinista les dieron la preparación.
Largas caminatas bajo sol, mala alimentación, desmayos y otros abusos
Ese primer día para Theresa fue terrible: “Doctor, viera usted, a medio sol nos hicieron caminar no sé cuánto, no supe, porque como a la mitad de la caminata me desmayé. Antes había pasado por lodo, un camino lleno de estiércol de vaca, me llené hasta la rodilla, venía hedionda, con nauseas, vomité del asco, me desesperé y yo creo que por eso empecé a ver oscuro y me desmayé” relata con angustia».

«El segundo día igual, caminata, no comíamos bien, hice fila porque solo había una letrina para más de cien personas ¡Se imagina doctor! una letrina asquerosa, al entrar vomité por segunda vez, la verdad, vomité como siete veces los tres día, parecía que estaba embarazada. A mí me regañaron porque en la mañana les pregunté que dónde me podía bañar, y se burlaron de mí, me dijeron que no nos bañaríamos los tres días, y lo peor Doctor, me bajó la regla, quería morirme la verdad. Yo llevé agua en botella, y mis cosas de aseo personal, el jabón y el shampoo se vino igual como los llevé porque no los usé”.
El entrenamiento
La primera noche del día viernes durmió tres horas en una hamaca. No pudo armar el plástico negro a modo de techo, solo se lo colocó encima de su cuerpo, pero los zancudos hicieron festin con la piel de su cara y las manos. Por primera vez en su vida Theresa estaba con un palo de madera a modo de fusil, haciendo vigilancia de su sitio de ubicación.
Los habían amenazado: “Si se duermen les tiramos bombas y se les perderan las mochilas con todo lo que traen de su casa”, fueron las palabras de un policía sandinista encargado del entrenamiento. A las 5 am los despertaron a todos cuando el jefe hizo dos disparos al aire con su pistola. ¡Matutino! gritó el jefe, todos se formaron como el día que llegaron y empezaron una rutina de ejercicio, pechadas, saltos en el lugar abriendo y cerrando los brazos y las piernas, abdominales y luego a caminar.
Caminaron los tres días desde la mañana hasta horas de la tarde. Por las noches les tiraban cachinflines y triquitacas, para simular disparos y bombas. “Si te dormías, te tiraban cachinflines”, me dijo Theresa con palabras de miedo. «Una vez comimos arroz y pollo, solo los metieron en una porra grande, le echaron agua, el arroz y el pollo. Cuando se cocinó lo comimos, fue el pollo más horrible que he comido en mi vida” añadió en tono enojada, quien con indignación contaba su relato.
Como parte del entrenamiento, pasaron obstáculos formados con madera. Arrastrando el cuerpo en el suelo lodoso, pasaron debajo de alambres de púas. Algunos se cortaron la piel cuando rozaban las puntas filosas del alambre. Les gritaban ordenando lo que tenían qué hacer.
El segundo día se volvió a desmayar Theresa, se colocó la mano en el corazón sintió que se le salía por el pecho, vio de nuevo oscuro a su alrededor y se desmayó. Se despertó en el puesto de mando, no supo si se había desmayado de verdad, o del cansancio y la falta de dormir cayó por agotamiento físico. Lo que sí recuerda, es que fue algo que jamás había experimentado.
La despedida
El último día la rutina fue parecida, la vigilancia de la noche, el matutino que se anunciaba con disparos al aire, los ejercicios, la caminata, el lodo, el estiércol, los gritos y las amenazas de perder tu mochila junto a las pertenencias.
Al escuchar el relato le dije a Theresa: “de suerte que no te llovió y no te mojaste”. Escuché un suspiro profundo al otro lado del celular: “Doctor, no me pregunte. La última noche cuando me tocó dormir, empezó a llover, y como le conté no pude armar el plástico negro como tienda de campaña, a como pude me lo acomodé en la cabeza, llovió como media hora, eran las tres de la mañana, helado, frío. Estaba ansiosa pero agradecía a Dios que no me mojaba, no sé cómo pero me cubrí bien. Pero cuanto terminó la lluvia doctor, me mojé todita”, dijo elevando el tono de voz.
Intrigado le dije: No entiendo, me dices que no te mojaste pero que sí, no entiendo. “Doctor, sí, no me mojé durante la lluvia, y cuando terminó, no me fije que al levantarme, había agua acumulada en mi espalda, como tenía la mochila se hizo como una fosa y cuando me levanté, toda el agua se me fue por la espalda y se me mojó todo Doctor, todo, y así anduve hasta que el agua se me secó de la ropa”, relató con la frustración en el tono de su voz.
Al final del entrenamiento para ser “policía voluntario”, Theresa regresó llorando a su casa, su familia estaba preocupada, pero no puede recunciar, sabe que si lo hace quedará marcada como enemiga y traidora del partido, le quitaran el carné de militante que le obligaron a firmar y que por eso la contrataron. Además sabe, que los despedidos del estado, en ninguna parte podrán ser contratados. Y muchos que buscan trabajo en la empresa privada, los ven con desconfianza.
Asi terminó un entrenamiento “para policial”, de tres días para mujeres y cinco para los varones. Así es el pueblo presidente, así humilla el narco estado de la dictadura militar a los trabajadores estatales. Para este mes de abril, Theresa tiene que ir a marchar el primero, y posiblemente repetir su entrenamiento, mientras la invade la desesperación no sabe qué camino tomar. Me dijo al final de la llamada: “Doctor, solo espero que Dios se apiade de este su pueblo, y nos quite a estos tiranos que nos están maltratando”.